viernes, 5 de octubre de 2012

Dolor de paternidad o maternidad: Abraham



Cuando escuché su inconfundible voz, no lo pude creer.


Me estaba pidiendo mi más amado y único tesoro. 



Tanto tiempo esperado… ahora me lo pedía.

Justo ahora, que estaba hecho el contacto uno con el otro. 

Ahora, que empezábamos a dialogar, a disfrutar de la mutua compañía…

Tuve que aprontar todo con diligencia, hacerlo cuanto antes.

Subí al monte con mi hijo en silencio, y cuanto más arriba llegaba, 

más se me desgarraba el corazón. 

Me lo iban a arrancar de mi vida, pero el cuchillo iba a ser el mío.

Después, un vacío, hasta quedarme en la espera del nuevo milagro.

Mientras caminaba hacia la cumbre, 

una adoración silenciosa crecía en mi pecho.

De esas canciones que inventábamos durante el sacrificio, 

la más hermosa.

Si después de todo, este amado era un don inmerecido…

¿quién era yo para retenerlo?

Sin embargo, no podía imaginar el futuro sin él. 

Tanto sueño y promesa en su vida.

Hasta que empecé a obedecer, amarrarlo, 

escuchar sus preguntas, preparar el cuchillo.

Una voz interior me decía que esta adoración iba a ser la mejor de todas.

Podía sentir, junto con el dolor interno, un perfume. 

Una especie de nube me rodeaba con cantos lejanos de ángeles, 

podía sostener mis manos con firmeza 

y me aseguraba la paz de la obediencia.

Sin embargo, las lágrimas salían sin permiso. 

Casi sin aliento, empecé mover el puñal para el movimiento final.

Hasta que volví a escuchar esa voz. Ahora, con un consuelo inesperado.

Una sorpresa, porque nunca Dios me había dicho una cosa y luego otra.

Algo quedó roto dentro de mí... 

Aún tengo al amado a mi lado, pero es como si no lo tuviera. 

Puedo sentir todavía el cuchillo entre mis manos.

El perfume no me abandonó desde entonces. 

La canción sigue arrullándome cuando me voy a dormir. 

Dios ha provisto.

Sin embargo, 

aprendí a ensanchar mi corazón para amar desde el vacío, 

desde quedarme sin nada para darlo todo.

Liliana Ester Long-